Apego, teoría y complejidad: cuando entender no es encajar

En consulta es común que las personas vengan sabiendo mucho de apego, incluso con algún diagnóstico propio o ajeno en la manga que, en muchas ocasiones, está bastante cerca de lo que puede pensar el terapeuta. Sin embargo, ese conocimiento no siempre cumple una función que ayude realmente. Explicarnos por qué nos comportamos de determinada …

En consulta es común que las personas vengan sabiendo mucho de apego, incluso con algún diagnóstico propio o ajeno en la manga que, en muchas ocasiones, está bastante cerca de lo que puede pensar el terapeuta. Sin embargo, ese conocimiento no siempre cumple una función que ayude realmente.

Explicarnos por qué nos comportamos de determinada manera en nuestras relaciones a partir de una categoría tiene, sin duda, algo tranquilizador. Poner nombre arroja luz sobre la frustración, el malestar y la confusión que aparecen cuando hay fricción en la pareja, la familia o el grupo de amigos y no sabemos cómo solucionarlo.

Ojalá fuera tan fácil.

Cuando una persona llega a consulta con una demanda rápida, con la necesidad de una “receta” o un libro de instrucciones, suele acabar dándose cuenta de que no existe tal cosa. Porque cuanto más se profundiza, más claro se vuelve que las categorías no son más que una guía, un punto de partida.

En una ocasión, un chico joven que llevaba viniendo a terapia unos meses lo expresó así:
“Yo sabía que tenía un apego ansioso. Cuanto más venía, más hablaba de ello, más conocía, más seguro estaba. Hasta que me fui dando cuenta de que tenía conductas evitativas.”

Este ejemplo ilustra algo fundamental del trabajo terapéutico: las personas somos complejas, mucho más complejas que las teorías psicológicas que intentan explicarnos.

La teoría del apego nació para agrupar, para entender grandes muestras de sujetos, para simplificar y ordenar la experiencia humana. Y en ese sentido, es una herramienta valiosa. Pero las “cosas” en terapia no son simples.

El proceso terapéutico no consiste en encajar en una etiqueta, sino en comprender cómo se construyen nuestras relaciones, qué hacemos para protegernos, qué repetimos y qué nos duele. Más allá de los estilos, de los nombres y de las clasificaciones, lo importante es entender la experiencia concreta de cada persona.

Porque saber de apego puede ser el comienzo. Pero comprendernos de verdad requiere tiempo, espacio y acompañamiento.